La poesía es una rara virtud

Viaje Improbable
Javier Bozalongo. Editorial Renacimiento, 2008
Andrea Perciaccante


La poesía es una rara virtud, una de esas cualidades que te sorprenden en los días de sol y te acompañan con la resignación de un amante abandonado o la incoherencia de los desdichados, una maldita costumbre que te come por dentro, pero también la satisfacción de saber decir algo, la mirada atenta y primorosa, un escalofrío con sabor a fresa, largas noches de insomnios y tardes de otoño sin prisas. Esto no quiere decir que para ser poeta sea necesario ser un virtuoso (a menudo quien escribe no coincide con su personaje poético), pero sí es imprescindible tener paciencia, trabajar mucho, ser un artesano de la palabra, tener cuidado, es como estar a punto de asomarse al atroz mundo de la realidad con el riesgo asumible de quedarse atrapado entre tanta vida. Podríamos hasta decir que la poesía es un continuo viaje en lo cotidiano, un largo, posible, ineludible viaje, que a veces se transforma en un viaje improbable.

Viaje improbable es el título de un libro que tiene mucho que decir, un poemario orgánico que dibuja la geografía de una mirada hacia fuera, contemplando el mundo para volver a él, como un vuelo a ras de tierra que despierta las ansias de lograr subir hasta lo más alto. El autor, Javier Bozalongo, en los últimos años nos ha acostumbrado a la lectura de una poesía directa, cómplice, diríamos amistosa, y nos vuelve a dar, con este libro, una magistral clase de cómo el trabajo continuo, la diligente elección de las palabras (para no hablar de métrica) y la sapiente re-lectura de la contemporaneidad pueden recortar un espacio exacto y personal dentro del panorama poético; haciendo de la poesía algo más que un ejercicio de estilo, una manera diferente de andar por las calles, sentarse en los bancos, compartir los espacios públicos con la privacidad de una mirada; este es uno de los caminos por los que el autor nos guía, a través del espacio y del tiempo cíclico de los calendarios con “Un sueño en una mano,/ la paz en el pañuelo”.

Desde el principio (En el Andén es la primera parte del poemario) se nos aconseja cautela “[...] y, ya en el aeropuerto,/ los arcos detectores/ gritan a nuestro paso/ en la lengua del miedo./ No parece metálico el objeto/ que al pasar nos delata./ Es el peso del alma.”, mezclando los decorados que rodean al viajero, las costumbres a las que se debe doblegar el pasajero, y la perversa costumbre de algunos de tener consciencia. Riquísima será para críticos, filólogos y afines la cantidad de referentes que aparecen a lo largo de estas páginas desde un guiño a Jean Paul Sartre (“L’enfer c’est les autres”), el eco lejano de los versos de Vida de José Hierro en el poema Viajeros,  hastaÁngel González en la cita/verso final de Duermevela

 La poesía de Bozalongo tiene algunas constantes, rasgos personales y únicos que le delatan, lo sabe el lector atento, ya que parece desencantada, velada por la tristeza de saberse hombre en tierra de nadie, atado y sin otra alternativa que aceptar los eventos, pero siempre con la esperanza de que habrá otro día para seguir viviendo otro sueño u otro “cine de la vida” como escribe en Voluntad Difusa , remarcando el irónico afán que nos aparta por un momento el “dorado del oro”, como nos susurra el autor.

 Atento oteador de la actualidad, Javier Bozalongo, con la tenacidad del artista que es ante de todo un hombre moderno, subraya su compromiso tratando temáticas como, por ejemplo, Abu Ghraib, en donde, con preguntas que parecen sentencias delante de un pelotón (“¿quién  nos protege ahora de los libertadores?”) retoma el discurso de la memoria como función primordial de la historicidad, “memoria” ya no individual sino colectiva, hacia fuera y hacia dentro, reconociéndose al evocar los hechos. Pero la memoria es también intimidad, sentimiento, dulzura, amistad (“Os saludo a vosotros, mis amigos,/ frutos de esta cosecha frágil/ que procuro cuidar/ con más pasión que acierto”). En los poemas Cenizas, Distancia o Bolero destacan unos cuantos (indudablemente preciosos) versos, así como en Sabores: “La sangre es dulce y el rencor amargo./ [...] Si la memoria de la lengua es breve,/ largo será el sabor de la venganza.”

Decididamente, con este Viaje Improbable volvemos a hablar de  poesía, de sirenas, de marineros que no se quedan en tierra sino que se vuelven pez, se saben pez, y cautivan la atención de los que no conocen el mundo submarino más justo y sencillo que les espera, metáfora de una precisa voluntad de cambio, de un deseo inabarcable de revancha sobre la superficialidad de lo que impone “este tiempo de herrumbre [que] hace feliz al náufrago” de gonzaliana memoria. Peces que son viajeros, peces que cruzan de parte a parte el mundo sin la necesidad de sucumbir al frenesí de la sociedad, con la lentitud, la quieta y apacible lentitud de la naturaleza. Y para terminar no podíamos dejar de citar el poema Mis primeros recuerdos, biografía pura, apuntes de trayectos, de viajes, pincelada de lo que fue y sigue siendo punto de partida para un nuevo viaje, para una nueva vida, para seguir creyendo en el arte de hacer versos -esta mujer vestida con vaqueros-, - este pequeño pueblo en armas contra de la soledad-.

 Antes que se nos olvide, Viaje improbable es el poemario con el cual Javier Bozalongo resultó ganador del XI Premio Surcos de Poesía, publicado por Editorial Renacimiento y elegido por un jurado formado por José Manuel Caballero Bonald, Amalia Bautista, Javier Rioyo, Itziar Mínguez  y José Enrique Guerra León, aunque esto, al lector, le resultará sólo relativamente importante en cuanto empiece a viajar página tras página acompañado únicamente por su diminuto equipaje de incertidumbres que se irán perdiendo, para citar una última e irónica vez,  Hasta llegar aquí.

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