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Reseña de J. Carlos Rosales

Viaje improbable es un libro misterioso y transparente. Misterioso porque, igual que ocurre con todos los viajes, en sus páginas encontramos incertidumbres imprevistas y paisajes inesperados. Transparente porque al leerlo tenemos la impresión de que sus versos están construidos sin dejar de mirar: no nos hablan de lo que se intuye o se recuerda, nos hablan de lo que se ve. Y lo hacen intentando poner orden, precisar límites, derrotar sombras. No será tarea fácil, pues como escribe Javier Bozalongo, “no eres tú quien decide: / tu vida la conduce quien te espera”. Tal vez por eso el viaje de este libro sea un viaje inseguro, incierto, pues el que espera cambia, se cansa o se esconde. Y el viaje se convierte en una llama interminable que lo consume todo. Lo desvela la desnudez de una pregunta: “¿Quién provocó el incendio que dejó estas cenizas?”. […] Así es el viaje improbable: un viaje que busca salvar distancias razonables pero imposibles, tan imposibles como aquella que separa, cuando amanece, a dos que se aman, “hambrientos y confusos, / como recién despiertos”.


(José Carlos Rosales)

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La poesía es una rara virtud

Viaje Improbable
Javier Bozalongo. Editorial Renacimiento, 2008
Andrea Perciaccante


La poesía es una rara virtud, una de esas cualidades que te sorprenden en los días de sol y te acompañan con la resignación de un amante abandonado o la incoherencia de los desdichados, una maldita costumbre que te come por dentro, pero también la satisfacción de saber decir algo, la mirada atenta y primorosa, un escalofrío con sabor a fresa, largas noches de insomnios y tardes de otoño sin prisas. Esto no quiere decir que para ser poeta sea necesario ser un virtuoso (a menudo quien escribe no coincide con su personaje poético), pero sí es imprescindible tener paciencia, trabajar mucho, ser un artesano de la palabra, tener cuidado, es como estar a punto de asomarse al atroz mundo de la realidad con el riesgo asumible de quedarse atrapado entre tanta vida. Podríamos hasta decir que la poesía es un continuo viaje en lo cotidiano, un largo, posible, ineludible viaje, que a veces se transforma en un viaje improbable.

Viaje improbable es el título de un libro que tiene mucho que decir, un poemario orgánico que dibuja la geografía de una mirada hacia fuera, contemplando el mundo para volver a él, como un vuelo a ras de tierra que despierta las ansias de lograr subir hasta lo más alto. El autor, Javier Bozalongo, en los últimos años nos ha acostumbrado a la lectura de una poesía directa, cómplice, diríamos amistosa, y nos vuelve a dar, con este libro, una magistral clase de cómo el trabajo continuo, la diligente elección de las palabras (para no hablar de métrica) y la sapiente re-lectura de la contemporaneidad pueden recortar un espacio exacto y personal dentro del panorama poético; haciendo de la poesía algo más que un ejercicio de estilo, una manera diferente de andar por las calles, sentarse en los bancos, compartir los espacios públicos con la privacidad de una mirada; este es uno de los caminos por los que el autor nos guía, a través del espacio y del tiempo cíclico de los calendarios con “Un sueño en una mano,/ la paz en el pañuelo”.

Desde el principio (En el Andén es la primera parte del poemario) se nos aconseja cautela “[...] y, ya en el aeropuerto,/ los arcos detectores/ gritan a nuestro paso/ en la lengua del miedo./ No parece metálico el objeto/ que al pasar nos delata./ Es el peso del alma.”, mezclando los decorados que rodean al viajero, las costumbres a las que se debe doblegar el pasajero, y la perversa costumbre de algunos de tener consciencia. Riquísima será para críticos, filólogos y afines la cantidad de referentes que aparecen a lo largo de estas páginas desde un guiño a Jean Paul Sartre (“L’enfer c’est les autres”), el eco lejano de los versos de Vida de José Hierro en el poema Viajeros,  hastaÁngel González en la cita/verso final de Duermevela

 La poesía de Bozalongo tiene algunas constantes, rasgos personales y únicos que le delatan, lo sabe el lector atento, ya que parece desencantada, velada por la tristeza de saberse hombre en tierra de nadie, atado y sin otra alternativa que aceptar los eventos, pero siempre con la esperanza de que habrá otro día para seguir viviendo otro sueño u otro “cine de la vida” como escribe en Voluntad Difusa , remarcando el irónico afán que nos aparta por un momento el “dorado del oro”, como nos susurra el autor.

 Atento oteador de la actualidad, Javier Bozalongo, con la tenacidad del artista que es ante de todo un hombre moderno, subraya su compromiso tratando temáticas como, por ejemplo, Abu Ghraib, en donde, con preguntas que parecen sentencias delante de un pelotón (“¿quién  nos protege ahora de los libertadores?”) retoma el discurso de la memoria como función primordial de la historicidad, “memoria” ya no individual sino colectiva, hacia fuera y hacia dentro, reconociéndose al evocar los hechos. Pero la memoria es también intimidad, sentimiento, dulzura, amistad (“Os saludo a vosotros, mis amigos,/ frutos de esta cosecha frágil/ que procuro cuidar/ con más pasión que acierto”). En los poemas Cenizas, Distancia o Bolero destacan unos cuantos (indudablemente preciosos) versos, así como en Sabores: “La sangre es dulce y el rencor amargo./ [...] Si la memoria de la lengua es breve,/ largo será el sabor de la venganza.”

Decididamente, con este Viaje Improbable volvemos a hablar de  poesía, de sirenas, de marineros que no se quedan en tierra sino que se vuelven pez, se saben pez, y cautivan la atención de los que no conocen el mundo submarino más justo y sencillo que les espera, metáfora de una precisa voluntad de cambio, de un deseo inabarcable de revancha sobre la superficialidad de lo que impone “este tiempo de herrumbre [que] hace feliz al náufrago” de gonzaliana memoria. Peces que son viajeros, peces que cruzan de parte a parte el mundo sin la necesidad de sucumbir al frenesí de la sociedad, con la lentitud, la quieta y apacible lentitud de la naturaleza. Y para terminar no podíamos dejar de citar el poema Mis primeros recuerdos, biografía pura, apuntes de trayectos, de viajes, pincelada de lo que fue y sigue siendo punto de partida para un nuevo viaje, para una nueva vida, para seguir creyendo en el arte de hacer versos -esta mujer vestida con vaqueros-, - este pequeño pueblo en armas contra de la soledad-.

 Antes que se nos olvide, Viaje improbable es el poemario con el cual Javier Bozalongo resultó ganador del XI Premio Surcos de Poesía, publicado por Editorial Renacimiento y elegido por un jurado formado por José Manuel Caballero Bonald, Amalia Bautista, Javier Rioyo, Itziar Mínguez  y José Enrique Guerra León, aunque esto, al lector, le resultará sólo relativamente importante en cuanto empiece a viajar página tras página acompañado únicamente por su diminuto equipaje de incertidumbres que se irán perdiendo, para citar una última e irónica vez,  Hasta llegar aquí.

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Vivir del viaje

Javier Bozalongo, Viaje improbable, Colección “Surcos de poesía”, Renacimiento.

Este viaje no es un solo viaje. Este viaje nadie dijo que fuese fácil, sin embargo es feliz, ya que no existe otra felicidad que la del viaje, la de la vida. Este viaje nace de lo ajeno. Este viaje es la vida. El viaje improbable de Javier Bozalongo nos llena de dudas, de dolor, de poesía, pero sobre todo, de vida. Merecedor del  XI Premio << Surcos >> de poesía, todo en el viaje de este libro, nos lleva al viaje improbable de la vida. Empezando por la dedicatoria, donde Bozalongo marca el principio del viaje en sus padres y la continuación en sus hijas. Además, con esta cita nos muestra el carácter ajeno de este viaje, o mejor dicho del impulso de este viaje, que no parte de uno mismo muchas veces, sino de otros.

El viaje comienza con una sección de poemas titulada en el andén, y ya encontramos varias características del viaje. Este viaje, como bien dice el título, es improbable, inquietante, cargado de miedos y de dudas, de perplejidad y desconcierto, frágil. Encontramos continuamente imágenes de fragilidad “sentado frente a flores de cristal” y de inestabilidad “joven poeta equilibrista”. Pero, por otro lado, están sus opuestos con los que trabajo el autor, las ganas con las que se afronta el viaje, las ganas de vivir.

Llevar a cabo el viaje no se consigue de otra forma que avanzando, avanzando siempre hacia el horizonte, sin detenerse. Esta sensación la logra con gran efectividad Bozalongo en su poesía: “ni hasta ahora vivido / ni vivido de nuevo” donde vemos poéticamente la sucesión del pasado, el presente y el futuro.

Durante el viaje nos cargamos por dentro, nuestra alma se llena de huellas de los lugares y las gentes de nuestro recorrido y así nos vamos haciendo. El viaje crea al individuo y para este largo viaje el pasado es a veces un lastre y la memoria acaba siendo un “espejismo, / falsa promesa” como dice en el poema ‘Ciudad sin memoria’. Bozalongo aboga por el viaje discreto, el paso sin aspavientos por la vida.

Esa impostura es la que nos acerca a lo ajeno, siempre presente en el viaje y en la poesía de Bozalongo, aunque no sólo como impostura sino también como motor del viaje. De ahí también el tratamiento de las sombras, el recuerdo, que siempre necesitan elementos ajenos, la luz que las proyecta, los objetos que las dan forma para hacerse reales, las gentes que se interponen en nuestro camino para formar nuestros recuerdos.

Siempre trabajando para alguien y avanzando hacia algo, muchas veces aquello de lo que no podemos escapar. No hay nada en nuestras manos, son siempre otros los que guían el viaje “mientras resuelve el clima, / también, nuestro futuro”.

Crítica social en algunos momentos, sobre todo ante el presente en que vivimos como en el poema ‘Esplendor’: “Así el presente repta alrededor / y fija su miradas en nuestros ojos, / hipnótico esplendor de un hoy vacío”. El presente es un reptil que huye.

O ante la sociedad establecida, con sus dobles morales como en el poema ‘El sueño de la paz’: “¿Quién nos protege ahora de los libertadores?”

En “Naufragio” se muestra el final de la vida, final del viaje, cuando el barco naufraga, el viajero se detiene en medio del viaje, pero otros continúan ese viaje. Al final del viaje queda “la luz ya relajada”, a la vuelta de la vida queda luz pero es una “Luz sin sombra”, en el momento de la muerte encontramos la claridad que nos nubla durante la vida los recuerdos. El presente se forja en “Materiales indelebles” para que no se olvide. Los recuerdos asociados a materiales: “Quién sabe qué recuerdos […] bajo cada pedazo de aluminio”.

El poema ‘Cuando me supe pez’ es un ejemplo claro del viaje de la vida, con la intercalación de imágenes de un viaje y de imágenes de la vida: los preparativos para el viaje, la emoción del primer viaje, con el impulso de juventud no racional, el paso de la vida hasta asumir la derrota final. O en el poema ‘[Mis primeros recuerdos]’: el primer viaje, el de la infancia al mar, el segundo viaje el de la juventud al centro, el tercer viaje el fin de la juventud y así relatando la vida en viajes de tren mezclando además lo propio, las imágenes personales, y lo colectivo.

La idea de separación, de romper la unión entre las cosas también aparece en el libro. La distancia acaba siendo un decorado, el vacío entre las cosas y su verdad. En el poema “Oro” se toman dos temas importantes la luz, y el propio de la separación. La luz corta y muestra, separa los dorados, el color de los recuerdos. Los viajes nos unen y nos separan, vidas que van y vienen.

            En la última parte, Recogida de equipajes nos muestra lo que llega con nosotros al final de una vida. Una recolección plasmada en la poesía, ya que muchos de estos últimos poemas sirven a modo de poética. La poesía es uno de los motores del viaje cuando ‘desembarcamos’, en el fin de nuestro viaje, todos somos iguales. El verso, como la sombra, es provocado por la luz, y la poesía es como una cosecha, como un ciclo vital. La fragilidad de la literatura como la incertidumbre de un futuro que no dejamos de buscar. Bozalongo se acerca a Pessoa en su ‘Poética’ final, escribe lo no vivido, que es su vida.

            En estos tiempos el viaje es llegar. Para Bozalongo el viaje es el viaje, es lo que te encuentras y te hace: “Hablábamos de futuro. Yo hablaba de viajeros”, los viajeros que se cruzaron en tu camino. Aquí dejo, para acabar, un precioso endecasílabo que para mí resume el gran libro que ha creado Javier Bozalongo, Viaje Improbable: “tu vida la conduce quien te espera”.


Ángel Talián
Revista Letra Clara

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Entrevista en "El País"

ENTREVISTA: SIGNOS JAVIER BOZALONGO Poeta
"La prisa no es una buena compañera de viaje"

FERNANDO VALVERDE - Granada - 15/06/2007


Aunque Javier Bozalongo nació en 1961 se trata de un poeta andaluz no sólo por la ubicación geográfica de su obra, que se inicia tras instalarse el autor en Granada en 1987, sino también por sus referentes. Tras la aparición de sus poemas en diversas antologías, Bozalongo publicó en 2001 su primer libro, Líquida nostalgia. En 2005, en la editorial granadina Cuadernos del vigía apareció Hasta llegar aquí, un poemario que supuso un punto de inflexión en su poesía. Recientemente ha sido galardonado con el premio Surcos gracias a su último libro, Viaje improbable, que publicará Renacimiento. 

Pregunta. No quiero recordarle el poema de Ángel González, pero ha esperado usted bastante para darse a conocer. ¿A qué se debe?

Respuesta. La prisa no es una buena compañera de viaje, y he esperado el tiempo suficiente para que mi poesía se decantara hacia donde yo creía que tenía que hacerlo, convenciéndome de que era el momento de publicarla, y sintiendo además que las anteriores publicaciones eran bien valoradas por personas en cuyo sentido literario confío. En cuanto al poema de Ángel González, sé a cuál se refiere y, de hecho, he utilizado el sentido irónico de esos versos en un poema reciente, mezclándolo con unas palabras de Gil de Biedma en las que afirma que a él lo que le hubiera gustado de verdad es ser poema, en lugar de poeta. Tal vez a mí me ocurra lo mismo, y de ahí que haya esperado tanto para publicar.


P. ¿Dónde y cuando recibió la llamada de la poesía?

R. Me recuerdo a mí mismo escribiendo desde siempre, imitando la voz de otros poetas, que imagino que es la forma que tienen todos los adolescentes de escribir los primeros versos. También me recuerdo leyendo a todas horas, así que supongo que fue un proceso natural y no la iluminación de un momento concreto.


P. Pertenece usted a una rara estirpe de poetas y literatos, los que de día trabajan en oficinas, bancos y oficios similares.

R. No soy el banquero anarquista de Pessoa ni una especie en vías de extinción: la lista de escritores con actividades aparentemente alejadas del oficio literario es larga: Joan Margarit es arquitecto, José Luis Sampedro economista... Mi trabajo me permite cierto orden, y el trato con el público proporciona una visión amplia de la sociedad y sus problemas y realidades. Ambas actividades pueden conjugarse sin demasiadas dificultades.


P. Su poesía ha sufrido una increíble transformación en muy poco tiempo ¿A qué responde una progresión tan rápida?

R. Conjugar lo que uno quiere decir y cómo decirlo lleva su tiempo, y a partir de la publicación de Hasta llegar aquí, sentí que ambas cosas empezaban a discurrir por el camino apropiado o deseado, sin divergencias importantes entre una y otra; no sé si ello corresponde a lo que en poesía se llama voz, pero puede que se le acerque.


P. ¿Se siente próximo a la llamada poesía de la experiencia?

R. Me considero próximo a una poesía que trasciende lo autobiográfico y hace del sujeto poético alguien reconocible por el lector, al que se dirige con su mismo lenguaje, que huye de la grandilocuencia y de la belleza ensimismada. Me interesa la poesía escrita para ser leída por todo tipo de lectores, y no la poesía dotada de claves misteriosas que sólo son capaces de descifrar otros poetas. Asumo el magisterio de los poetas que me precedieron y la reivindicación de una nueva forma de utilización del lenguaje que se dio a partir de los años 80, sin olvidar a su vez toda una tradición anterior que ellos a su vez reivindicaron.


P. ¿Cómo describiría Viaje improbable?

R. El personaje poético recorre tres tramos de un viaje no tanto real como imaginado: su preparación, su recorrido y su final, como un proceso de búsqueda tras el cual surge un viajero distinto al que partió en busca de ese conocimiento de sí mismo, y que termina afirmando que no somos "ni la sombra de aquellos que partieron".


P. ¿Qué le proporciona el premio Surcos, qué espera de él?

R. Que un jurado compuesto por José Manuel Caballero Bonald, Javier Rioyo y Amalia Bautista, entre otros, elija tu libro entre más de 200 supone una enorme alegría, además de una inyección de confianza en tu propia obra. Caballero Bonald es, además de un gran poeta, un autor acostumbrado a ejercer de jurado en certámenes literarios, siendo conocida su sinceridad a la hora de expresar lo que piensa respecto de las obras leídas. El libro premiado se publica en la editorial Renacimiento, una editorial de prestigio.

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En el camino

Viaje improbable
Javier Bozalongo
Renacimiento. Sevilla, 2008

Antonio Jiménez Millán

     La poesía moderna ha hecho del viaje, real o imaginario, una metáfora creadora de sentido. Ya lo era la invitación baudeleriana en el último poema de Las flores del mal, desde la llamada inicial a la muerte, la vieja capitana, hasta ese memorable verso final: al fondo de lo desconocido para encontrar lo nuevo. Después, el “Barco ebrio” de Rimbaud proyectaba la mirada hacia la infancia para dejar en el olvido mares lejanos y aventuras exóticas: parece que lo único importante, en definitiva, es el agua familiar y turbia donde el niño arroja un barco de papel. Pero tal vez fuera el alejandrino Constantin Cavafis quien dio un sentido más profundo a esta metáfora; si el poema “Ítaca” nos dice que el lugar de destino cuenta mucho menos que el viaje en sí mismo, “La ciudad” pone de relieve el engaño que implica cualquier viaje cuando “la vida que aquí has perdido, la has perdido en toda la tierra”. Mucho más tarde, Jack Kerouac nos situó en otros recorridos…

     Javier Bozalongo (Tarragona, 1961) ganó con Viaje improbable el premio “Surcos” de poesía en 2007. Con sentido unitario, el libro se estructura según las etapas de un viaje, en tres apartados (“En el andén”, “En el camino”, “Recogida de equipajes”), y se podría decir que en sus poemas están presentes las dos impresiones sugeridas por Cavafis. El viaje puede cambiar a aquél que lo emprende, igual que los años nos cambian a todos (“Como saber si acaba,/ si en el último puerto/ después de tanto invierno,/ apenas ya seremos/ ni la sombra de aquellos que partieron”), pero el itinerario acaba por alimentar un conflicto interior, el “peso del alma” que se hace notar en los regresos: “No parece metálico el objeto/ que al pasar nos delata./ Es el peso del alma.” 

     Y es que el viaje, improbable o real, nos lleva a convivir de modo más intenso con la paradoja, a aceptar las contradicciones palpables de la vida: las ganas de partir y el miedo que imposibilita el vuelo; el deseo de olvidar (“Olvida lo que sabes./ Vacía tu memoria./ Deja la mente en blanco”) y la conciencia del paso del tiempo, subrayada en el mismo poema (“… Incluso junto al mar arden recuerdos./ El agua siempre encuentra el camino de vuelta,/ las señales efímeras de una vida anterior”); el insomnio en las habitaciones de hotel y la nostalgia de esas mismas habitaciones cuando se está de vuelta en casa. A fin de cuentas, uno siempre acaba enfrentándose consigo mismo y con una realidad que desdice las utopías del viaje romántico o maldito, una situación que analizaba muy bien Juan Carlos Rodríguez a propósito de un libro de Ángeles Mora: nuestro mundo global es precisamente el no-lugar, el no-centro, la no-fijación, somos nómadas bajo la condición de estarnos quietos, de no movernos, de no rebelarnos. El presente, dice un verso de Javier Bozalongo, es el “hipnótico esplendor de un hoy vacío”. De ahí que las posibilidades del viaje deriven hacia un desenlace incierto (“Mi sueño es un avión”) o hacia una búsqueda de lo imposible, sugerida en el poema “Oro”: “Rebuscamos entre lo inverosímil/ la inmediatez de lo certero/ en desastrosa persecución de lo imposible./ Erramos./ Busquemos en la arena/ la verdad que se esconde,/ seguros de encontrar/ detrás de la apariencia/ aquello que la luz/ -cedazo ocasional-/ separa y nos reserva.”

      Parece claro que las poéticas de la modernidad han intentado hallar verdades estables más allá de las apariencias, pero también que la identidad, o el intento de construirla a través de la escritura, sólo alcanza a ser una suma de fragmentos, una “voluntad difusa”: “Recorro mentalmente/ las ciudades que añoro/ (yo, que nunca he viajado)…” Cuando la realidad visible es sometida a un proceso de afirmación y negación simultáneas, la memoria responde a lo que nunca sucedió, tal como sugiere la “Poética” que cierra el libro: “Porque apenas recuerdo/ la vida no vivida/ voy dejándola escrita/ en unos cuantos versos.”  Y sin embargo, una constante en estos poemas en la observación. La mirada precisa de los detalles, fija los límites e incluso los recuerdos más o menos remotos, como aquel paisaje de mar que el niño contempla desde la ventana de un tren. O la estación ferroviaria asociada a un tramo de la vida: “¿Recuerdas la estación? Un tren ajado/ con vagones repletos os dejó/ en los años ochenta,/ varados en mitad de un espejismo…”  De ella también surge la denuncia, al enfocar lugares marcados por la infamia (Abu Ghraib) y lanzar una pregunta inquietante: ¿quién nos protege ahora de los libertadores?

      La perspectiva que escoge Javier Bozalongo en este libro tiende a establecer cierta distancia. Ése es precisamente el título de uno de los poemas del libro: “Mírate desde fuera. Pon distancia/ entre la piel que ves y la que tocas…” Los poemas de amor no son ajenos a tal distanciamiento: a veces hablan de citas clandestinas (“Bolero”, “Luz sin sombra”), pero siempre remiten al sentido problemático del viaje, a las decisiones no ya improbables, sino imposibles: “No eres tú quien decide: tu vida la conduce quien te espera”. Sólo cenizas hallarás…, decía un bolero. Uno de los mejores poemas de este libro, “Cenizas”, desvela lo que va quedando de la experiencia del viaje y formula una interrogación final: “Quién provocó el incendio que dejó estas cenizas?”.

   Porque incendio y cenizas conviven en la misma paradoja, forman parte del viaje. 

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