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El alquimista de lo invisible

Hay muchas paradas en estaciones inexistentes durante este viaje improbable de Javier Bozalongo: la razón confusa de cada salida, la difuminada atmósfera de una playa desierta, las nuevas alegrías que se producen en la existencia diaria, la quimérica dimensión de un hombre habitado por los fantasmas de la poesía, el grano de uva de la cosecha frágil de Pavese y el desesperado baile de las ausencias mezclado en una felicidad sin pretensión. Viajes sin precisar, donde la naturaleza implota por causa del amor, del miedo a las circustancias, de las razones de la escritura, del tiempo devorado por las soledades de los libros o de los viejos recuerdos de una memoria hallada en las ocasiones que nos quita y regala la vida. Una voz sin raíz, seca y elegante, muerde al lector sin agredirlo, y su ritmo “poco granadino” enriquece la luz quemada de sus versos. Apposita ratione José Carlos Rosales habla de un libro misterioso y transparente, lleno de incandescencias y humanas debilidades: «Nada sabe la sombra de su origen. / No conoce la luz que la proyecta, / despreciando al objeto mediador / entre el sol y su ser. // No es su refugio lo que busco en mayo / sino el cobijo que regala el verso». 

El misterio y la transparencia hacen de Javier Bozalongo un alquimista de lo invisible. Un hombre nuevo, silencioso y solícito, anónimo y presente, un observador atento y desencantado. «Igual que el niño que al cerrar los ojos / cree que nadie lo ve/ así he pasado yo, / como un hombre invisible». Este mundo se confirma en una sobriedad estilística, retórica, tomando distancia de la imagen y del extremo lirismo. El poeta se cierra celosamente en el objeto y se identifica con las leyes naturales de su mundo interior y exterior, dominando la esfera emotiva con fuerza y pureza. De un viaje improbable se trata: sin embargo no hay caos, no hay delirio, y en cada parada podemos sobrepasar las sirenas del pasado para ganarnos el futuro. Con mucha probabilidad, estos versos están condenados a no envejecer. Cada uno de nosotros podrá un día regresar a ellos y reconocerse en ellos, estoy seguro. Ojalá en un día ‘ni hasta ahora vivido ni vivido de nuevo’, como le hubiera gustado leer a Pier Paolo Pasolini.


DANIEL CUNDARI

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El viaje poético

JOAQUÍN JUAN PERALTA
"Viaje improbable", Javier Bozalongo, Renacimiento, Sevilla, 2008.

Ya desde el título "Viaje improbable" de Javier Bozalongo (Tarragona, 1961), flirtea de forma indisimuladas con uno de los motivos literarios más recurrentes de todos los tiempos, aquel que plantea la vida en clave de camino, de viaje, de trayecto. En la literatura occidental, este recurso lo inaugura nada menos que Homero con la "Odisea". Pero el camino es sólo un pretexto para encubrir la vida, para relatar la existencia, para conocernos a nosotros mismos, porque, al cabo, lo que queda es el viaje, como ya apuntó Cavafis en su poema "Ítaca": <<Mantén siempre a Ítaca en tu mente. / Llegar allí es tu destino. / Pero no tengas la menor prisa en tu viaje. / Es mejor que dure muchos años / y que viejo al fin arribes a la isla / rico por todas las ganancias de tu viaje>>.

Nuestras vidas, lejos ya de los combates entre arqueros y troyanos, no se parecen en mucho a las de nuestros antepasados, pero los grandes temas siguen siendo los mismos -el amor y la muerte, sobre todo-, infinitamente repetidos, continuamente revisados, ya que los sentimientos que alientan al ser humano prácticamente no han variado después de tres mil años. Ahora bien, no hay que pensar en <<Viaje improbable>> como un libro evasionista o alejado de la realidad, que se refugia en el esteticismo o en lo cultural; antes al contrario, es una colección de poemas que, aunque parten de un motivo clásico, se encuentran radicados en la existencia, en todo aquello que nuestras rutinas, nuestras liturgias, tienen de inesperado, de simbólico, de extraordinario... Lo podemos comprobar en la primera composición del libro, una auténtica invitación al viaje <<Salimos sin embargo a descubrirnos, / cumplimos con los ritos, / visitamos iglesias / con el recogimiento / de quienes creen creer, / Dormimos en hoteles inquietantes / soñando con amar lo que perdimos>>.

<<Viaje improbable>>, que mereció el XI Premio Surcos de Poesía -un galardón que, por cierto, han obtenido, entre otros, Alexis Díaz-Pimienta, David Eloy Rodríguez, Juan Manual Romero, Alberto Santamaría, Mario Cuenca Sandoval e Itziar Mínguez-, es el tercer libro de poemas de Bozalongo tras <<Líquida Nostalgia>> (2011) y <<Hasta llegar aquí>> (2005). En cierto modo <<Viaje improbable>> es una continuación espiritual de <<Hasta llegar aquí>>, donde el autor trazaba una cartografía poética que pasaba por diversas ciudades, enmarcadas, eso sí, por Tarragona, aquella en que nació, y Granada, aquella en la que reside desde 1987. Es Bozalongo un poeta tardío, por eso no hay en su voz vacilaciones o ecos, sino tan solo serenidad y templanza.

Las treinta y cuatro composiciones de que consta <<Viaje improbable>> se estructuran en tres secciones <<(En el andén)>>, <<(En el camino)>> y <<(Recogida de equipajes)>>, de seis, veintitrés y cinco poemas cada una. En la primera parte, destacan los preparativos, las actitudes de los <<Viajeros>>: <<Cómo saber si acaba, / si en el último puerto / después de tanto invierno, / apenas ya seremos / ni la sombra de aquellos que partieron>>. La segunda parte, en cambio, es la destinada a la vida, a lo cotidiano, tal como se explicita, por ejemplo, en <<Ciudad sin memoria>> (<<¿Recuerdas la estación? Un tren ajado / con vagones repletos os dejó, / en los años ochenta, / varados en mitad de un espejismo, / falsa promesa>>) o <<Voluntad difusa>> (un magnífico autorretrato donde el autor toma partido por la literatura y el arte: <<Yo ,que nunca separo / el luto de lo negro, / el dorado del oro, / el cine de la vida>>). Con todo, también hay lugar para el compromiso (<<¿Quién nos protege ahora de los libertadores>>, reza el último verso de <<El sueño de la paz>>, donde asoma la guerra de Irak) e incluso para los objetos que amueblan nuestras biografías (<<Prolongadas ausencias /  se adivinan en los brazos mojados / de las sillas, cansadas / de esperar bajo el agua>>).

En la tercera parte, por último, Bozalongo reúne los elementos que h a ido dispersando a lo largo del libro. Es el momento de recopilar recuerdos y vivencias antes de transformarlos en versos, pero también la ocasión propicia para la reflexión sobre el oficio del poeta; no en vano, la última composición del libro es una <<Poética>>: <<Porque apenas recuerdo / la vida no vivida / voy dejándola escrita / en unos cuantos versos>>. En fin, que ustedes tengan un buen <<Viaje improbable>>.

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Bozalongo desnuda la poesía en "La casa a oscuras"

MANUEL MATEO PÉREZ / Jaén

 

La casa a oscuras es la última obra del poeta Javier Bozalongo. Está editado en Visor y fue galardonado con el XIX Premio de Poesía Jaime Gil de Biedma. Sus versos son lo más parecido a la sonrisa que, como una suerte de recompensa, nos espera al final del camino.

Esa tendencia poética de hilvanar adjetivos tristes y frases lastimosas que nos hacen creer que nada tiene sentido y salida no está presente, afortunadamente, en los poemas reunidos en el último libro de Bozalongo.

No hay nada más aburrido que la tristeza manoseada. Y Bozalongo hace años que dio la espalda al victimismo poético en el que muchos acostumbran en refugiarse.

El libro está dividido en cinco bloques. En cada uno de ellos queda expresado el pensamiento del escritor, pero hay un hilo que lo une todo: es esa facilidad por hacer entendible el mundo que nos rodea, los días y las noches, la dulce cotidianeidad de las tardes, la quemazón por los deseos y las puertas abiertas que aún en los peores momentos nos deja el desaliento. "Del regusto que la boca no olvida/después de un largo beso/de las marcas que dejan en la espada/las uñas del placer/Del sueño que se alarga/y no se desvanece al despertar/De esto sí quiero hablar".

 

Norte poético

Ahí reside su norte. En el poema Si o No, Bozalongo expresa una voluntad y una acción, y a la vez da la espalda a todo aquello que no desea. En Ley Marcial insiste: "Sin disciplina ni marcialidad/solo espero que las pequeñas cosas/se instalen, se acomoden/y me marquen un rumbo". Y remata en el poema Poético: "El primer verso puede ser brillante/ El final, sorprendente. Entre uno y otro debes estar tú./ Nunca el silencio.".

Hay poemas que tienen sus horas, sus días, sus semanas. Es duro muchas veces enfrentarse a ellos. Por el contrario La casa a oscuras es una reunión de versos que el espíritu agradece leer en cualquier momento. Pocas veces un poeta escribe con tanta honestidad, brillantez y con sencilla pasión.

Javier Bozalongo (Tarragona, 1961) reside en Granada desde 1987. En 2001 publicó Liquida Nostalgia, y en diciembre de 2005 presentó Hasta llegar aquí (Cuadernos del Vigía, Granada).

En 2007, un jurado presidió por José Manuel Caballero Bonald otorgó a su tercer libro, Viaje improbable, el XI Certamen Internacional "Surcos" de Poesía, publicado por Renacimiento.

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Reseña de F. Valverde

 EL POEMA ENCENDIDO

La casa a oscuras, de Javier Bozalongo. Colección Visor de Poesía. Madrid, 2009.

Por Fernando Valverde

 

 

En cada mudanza, en sus continuos pleitos con la vida, el poeta Javier Bozalongo (Tarragona, 1961) ha preferido cargar con la caja de los sueños que contenía lo mejor de él mismo a dejarse consumir por la pérdida. Tras plegar viejas banderas sin perder su tacto y su abrigo, con la seguridad del que escribe los poemas desde la compostura de quien los ha vivido, con la dignidad intachable del derrotado, Bozalongo ha sido capaz de apagar la luz de la casa y mirarla desde fuera, como quien observa el lugar en el que pudo haber permanecido el futuro.

El título de su último libro, galardonado con un accésit en el premio Jaime Gil de Biedma y publicado por la prestigiosa editorial Visor, no es sólo un íntimo homenaje al poeta Luis Rosales, sino que marca el simbolismo del conjunto, de un todo unitario. Sin desprenderse de la imagen del viajero que lo ha acompañado por sus libros anteriores, Bozalongo coloca sobre sus hombros esa caja llena de sueños y desilusiones, sin despreciar el cansancio y el dolor, valorando cada palabra, cada nuevo día. “Si avanzas hacia atrás / no vuelves al principio”, concluye en un poema titulado No, incluido en la primera parte del libro.

Después, el viaje lleva al lector por un lugar que va recobrando lentamente la luz, por una casa a oscuras que se nos vuelve visible gracias a los recuerdos del poeta, sin que el color negro de las paredes y su olor a cerrado nos impidan tocarla, palpar sus muebles y asomarnos a su melancolía, como en el poema titulado La manzana de Newton: “Si dejas que te invada / el sentimiento erróneo / de que cualquier pasado condiciona / lo que está por venir, / conseguirás tan sólo que crujan sin remedio / las articulaciones del futuro, / que la herrumbre se instale como un velo / nublando tu mirada”.

Antonio Machado, Jaime Gil de Biedma, Ángel González, José Manuel Caballero Bonald… el pincel fino e irónico de los referentes literarios y vitales de Javier Bozalongo circulan por el libro sin la diplomacia propia de su autor, que fuera de los libros escoge con frecuencia la palabra menos dura, más tranquila, pero que en los poemas prefiere un verbo doloroso o un adjetivo con forma de cuchillo. “No cierres más lo ojos. / No ciegues más ventanas. / La luz, por más que duela, / certifica la pérdida”, escribe en su poema Perfil justo antes de interrogarse sobre el futuro: “Si busco la respuesta detrás de los espejos / sólo encuentro la marca / que queda en la pintura al descolgarlos, / como una cicatriz / que gusta acariciar, pero al rozarla / se hace otra vez herida”.

A lo largo de esa búsqueda a oscuras por la casa del pasado, el lector se va encontrando en los diferentes poemas-estancia de Javier Bozalongo con un paisaje de derrota al que el personaje poético no se resigna y que mantiene siempre una arriesgada apuesta a favor de la felicidad aunque sea consciente de que desconoce las reglas del juego, de que no sabe si le será más útil un trío o unas dobles parejas.

El recién galardonado con el Premio Cervantes, el mexicano José Emilio Pacheco, asegura en la contracubierta del libro que Bozalongo “escribe con el aplomo y la fluidez de quien lleva mucho tiempo en sus transacciones con la realidad”. Se trata, pues, de un poeta nuevo capaz de mirar el mundo con los ojos de un hombre experimentado, que ha revisado muchas veces sus sentimientos dentro y fuera de la literatura, y que ahora “pone su vida entera en nuestras manos”.

En una breve poética que incluye en el libro, Bozalongo explica que el primer verso puede ser brillante y el final sorprendente, pero que entre uno y otro debe estar uno mismo, nunca el silencio. Es la mejor versión de la poesía que conozco. La única capaz de iluminar desde los poemas una casa totalmente a oscuras sin necesidad de lámparas ni velas, con la luz invisible de los buenos poemas.

 

 

 

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Presentación Trinidad Gran

La casa a oscuras

Trinidad Gan

Presentación en el Museo Casa de los Tiros, 24 de febrero de 2010

 

     Una persona, en el momento en que la conocemos, puede parecernos una casa a oscuras. Con la osadía que nos presta su primer saludo franqueamos el zaguán. A tientas cruzamos el portal donde parecer rodar aún  la pelota que perseguía de niño y se oculta  algo del mar salvaje de su infancia (aquella que no compartimos y que, ahora, cuando lo miramos a los ojos, deseamos haber conocido). La brisa, vegetal y marina a un tiempo, de la tarde de verano lleva nuestros pasos hacia el patio, donde quizá le imaginemos-adolescente solitario- sentado con un libro bajo el árbol (viejas ramas que esconden los besos primeros, madera marcada donde nuestros dedos leen iniciales para las que no tenemos hoy rostro ninguno).

    Aunque el falso vuelo del ascensor nos tiente, temiendo un corte del suministro que nos haga caer con las alas rotas de un ángel perplejo  o  con la lenta gravedad de una manzana,  elegimos subir,  a  tientas, por la escalera. Con el mismo crujido de las advertencias en antiguas voces familiares,    las pisadas resuenan en los peldaños (blanco y negro, negro y luego blanco: ese damero insistente de los recuerdos). Es la herrumbre del pasado que roza nuestras manos al deslizarlas por la barandilla, pero seguimos escaleras arriba,  desdeñando el cansancio, dando la espalda a la melancolía.

      El aire helado de la noche que comienza nos hace creernos perdidos, pero hemos alcanzado un rellano que nos muestra la entrada del piso. Por fin espacio suficiente para conocerle.  Palpamos las paredes buscando  las señales que nos trazan el mapa de un hombre que intenta caminar libre y alegre, alguien que nos ha de sonreír al recibirnos.     Descubrimos la puerta entreabierta y, al pasar, pisando en el suelo sobres abandonados con facturas y cuentas, nos inclinamos a recoger, como espías de este amigo aún desconocido, alguna carta personal, unas letras de amor que nos arañen y no se desvanezcan nunca.

Andando, a tientas, por los pasillos,  pisamos  tropezando  el borde  de las baldosas levantadas hasta dar con una  puerta clausurada que conduce hasta el desván. Allí  esperan inútilmente las banderas ajenas y caducas bajo una claraboya rota a pedradas desde la trinchera de la juventud. Buscamos entonces los rincones menos ásperos, la claridad de una cristalera que, al final del pasillo, hace temblar ahora el paso de un tren nocturno. Ese mismo sonido nos lleva hasta un baño:  en el espejo oscuro el rastro de polvo nos recuerda el vapor del agua, el lado vulnerable de un soñador despierto., el laberinto de la identidad y el deseo.

En la oscuridad flota un olor a ropa planchada, café y silencios: a tientas, entramos en la cocina. Una luz cruel, débil,  cae sobre un calendario y marca en él restos de humo, ausencias cuyo hueco no es posible llenar, preguntas sin contestar, heridas y luego cicatrices.

Caminando así sobre recuerdos ajenos, paso a paso vamos levantando el perfil que nos ofreció en el primer encuentro, abrimos las puertas de todos los cuartos, seguros de que sus goznes ya no rechinarán con saña: tal vez hagan eco a la primera risa que oímos de aquel desconocido.

En algún  armario deben estar colgados trajes usados, corbatas, uniformes, pero no van a decirnos quién es realmente.

 En lo alto se adivinan  cajas que guardan un inventario mezclado de desamores y derrotas,  de proyectos abiertos y  de sueños cumplidos o por cumplir.

Si abrimos aquella alacena las pequeñas cosas (un antiguo reloj, una cajetilla de tabaco, unas gafas) parecen destellar en la memoria, acomodadas en lo oscuro pero dispuestas a volver a alzar el vuelo.

Nos gustaría encender luz en la vieja biblioteca y poder escudriñar los libros. Sospechamos que en las sombras nos acompañan   sus poetas más queridos, aquellos que hicieron las preguntas certeras, las respuestas de libertad y palabra distintas, los ojos y manos que nos iluminan  y llenan nuestros días de matices, las lecturas que  tienen el poder de curarnos.

Dentro de un baúl abierto han puesto sus habitaciones los amigos, cada uno con su lengua diversa, sus costumbres y locura, sus países y amores, su huella de luciérnaga en el frío. (Nuestro extraño contempla largamente esas luces y colores y cantos,  luego los traspasa a una páginas o a un abrazo).

En los balcones más altos los postigos se abren a la multitud que pasa, al oleaje  que  (una vez pasada la catástrofe)   todavía  resuena   furioso     por encima de la espuma de la indiferencia. Él los ha dejado abiertos a la realidad y a la urgencia del  presente. De nuevo tiemblan los cristales con el paso de los trenes, la noche con el paso de ciudades y de años, las páginas de los libros con el pasar de los ojos.

 Sí, una persona recién conocida siempre nos parecerá una casa a oscuras hasta que su palabra……………. nos dé la luz.

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