Un regalo de Juan Pinilla

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Despedida sin canción, un regalo que Juan Pinilla me hizo en la Huerta de San Vicente, de Granada.

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España en su poesía: Javier Bozalongo

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 Javier-Bozalongo-2

 Dossier con algunos poemas inéditos publicado en Círculo de Poesía.

 España en su poesía: Javier Bozalongo

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PoetiCAL

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Poema leído para el proyecto del Centro Andaluz de las Letras, PoetiCAL,  Reencarnaciones

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Charla con Raquel Lanseros

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Os dejo aquí la charla que mantuve con Raquel Lanseros en Bogotá, en mayo pasado, dentro de Las líneas de su mano 6, dirigido por Federico Díaz-Granados. 

Las líneas de su mano 6, Javier Bozalongo con Raquel Lanseros

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Recuerdos de verano con una flecha al fondo

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Las fechas de aniversario tienen a veces la capacidad de convertirse en colectivas por muy diversas razones, porque recuerdan un hecho histórico importante, una efemérides (¿quién usa la palabra efemérides en estos tiempos?), porque marcan fronteras, tiempos –antes y después- en la vida de un pueblo o un país. Todos tenemos también nuestras fechas particulares marcadas en rojo en los calendarios de la memoria: celebramos cumpleaños que nos recuerdan que estamos vivos a pesar de todo, recordamos los días importantes que marcaron nuestra vida o la de quienes nos rodean: nacimientos, bodas, divorcios (hay gente para todo y empresas especializadas en celebrarlo, como si fuera el día de la liberación y no la constatación de un fracaso). Y hay fechas, de ahí esta columna, que de lo colectivo pasan a lo individual sin que la mayoría sepa por qué, pero que en la intimidad de cada uno nos recuerdan un momento importante.

 

La costumbre nos hace celebrar las fechas “redondas”, y a nadie se le ocurre, no sé bien por qué, que celebremos los 17 años de un acontecimiento memorable, o los 36 años de un hecho histórico. Solemos contar por lustros, por décadas, por siglos incluso, si la memoria y las hemerotecas no fallan.

 

Se cumplen ahora dos décadas, veinte años, de aquella explosión de júbilo que nos tuvo a todos atentos al televisor durante horas, viendo renacer en Barcelona una ciudad que se convirtió gracias a los Juegos Olímpicos en todo un estandarte de modernidad en España y en el mundo. Todos vimos la flecha volar hacia el pebetero (y aprendimos que la alegría es el mejor de los efectos ópticos al ver que alcanzaba su objetivo, al tiempo que aprendíamos lo que era un pebetero, claro). Que los años siguientes otra crisis, que ahora sabemos que no era la última ni la más sangrienta, arrastrara al país a un pozo del que más tarde saldríamos escalando los muros que otra vez se derrumban, no pudo ni puede, ni por un momento, hacer que no nos sintiéramos entusiastas con aquella celebración, y desde entonces miramos a todas las ciudades olímpicas con una mezcla de envidia y superioridad, tratando de descubrir qué hacen mejor o en qué no son capaces aún de superarnos. Así somos, porque de cómo éramos casi ninguno somos capaces de acordarnos.

 

De aquello hace veinte años, y su recuerdo alegre no ha impedido el que estos días recordemos (imposible celebrar nada), lo que nos han traído a la memoria, en Ermua y en otras ciudades, actos diversos en homenaje a Miguel Ángel Blanco, el concejal cuyo secuestro tuvo en vilo al país durante dos interminables días de julio hace ya quince años, y cuyo asesinato provocó un rechazo mayoritario de la sociedad española que tal vez marcó un antes y un después en el camino del fin del terrorismo. Cualquier recuerdo es merecido cuando la muerte te sorprende de la manera más injusta en tu camino, si es que puede usarse el “más” en compañía de palabras como injusticia o muerte.

 

Recuerdo que era sábado, un sábado caluroso como lo son en julio y en el sur, y a una hora temprana de la tarde, somnoliento aún en el camino de ida o vuelta de la siesta, la noticia del asesinato sonó en la televisión al mismo tiempo que el timbre del teléfono: una voz familiar, la de mi quinto “hermano”, anunciaba que en una ciudad no muy lejana a Ermua, un poco más al sur, había fallecido de muerte natural una persona muy querida. Mientras los telediarios y las calles empezaban a llenarse de manos blancas pidiendo una clemencia imposible a quienes no conocen el significado de tal palabra, unos pocos nos quedábamos en casa pensando en por qué el mundo no se para cuando lo abandonan sin remedio las personas a las que más queremos. Por eso usted y usted y usted, que leen esta columna, saben que los aniversarios colectivos suelen provocar lágrimas individuales, y de la misma manera que Miguel Ángel Blanco se convirtió en un símbolo, sus recuerdos y los míos tienen nombres anónimos que se convirtieron hace ya quince años en un dulce dolor. (In memoriam MTB.)

(c) Javier Bozalongo

(Publicado en Diario Ideal de Granada el 31 de julio de 2012)

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