PoetiCAL

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Poema leído para el proyecto del Centro Andaluz de las Letras, PoetiCAL,  Reencarnaciones

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Charla con Raquel Lanseros

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Os dejo aquí la charla que mantuve con Raquel Lanseros en Bogotá, en mayo pasado, dentro de Las líneas de su mano 6, dirigido por Federico Díaz-Granados. 

Las líneas de su mano 6, Javier Bozalongo con Raquel Lanseros

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Recuerdos de verano con una flecha al fondo

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Las fechas de aniversario tienen a veces la capacidad de convertirse en colectivas por muy diversas razones, porque recuerdan un hecho histórico importante, una efemérides (¿quién usa la palabra efemérides en estos tiempos?), porque marcan fronteras, tiempos –antes y después- en la vida de un pueblo o un país. Todos tenemos también nuestras fechas particulares marcadas en rojo en los calendarios de la memoria: celebramos cumpleaños que nos recuerdan que estamos vivos a pesar de todo, recordamos los días importantes que marcaron nuestra vida o la de quienes nos rodean: nacimientos, bodas, divorcios (hay gente para todo y empresas especializadas en celebrarlo, como si fuera el día de la liberación y no la constatación de un fracaso). Y hay fechas, de ahí esta columna, que de lo colectivo pasan a lo individual sin que la mayoría sepa por qué, pero que en la intimidad de cada uno nos recuerdan un momento importante.

 

La costumbre nos hace celebrar las fechas “redondas”, y a nadie se le ocurre, no sé bien por qué, que celebremos los 17 años de un acontecimiento memorable, o los 36 años de un hecho histórico. Solemos contar por lustros, por décadas, por siglos incluso, si la memoria y las hemerotecas no fallan.

 

Se cumplen ahora dos décadas, veinte años, de aquella explosión de júbilo que nos tuvo a todos atentos al televisor durante horas, viendo renacer en Barcelona una ciudad que se convirtió gracias a los Juegos Olímpicos en todo un estandarte de modernidad en España y en el mundo. Todos vimos la flecha volar hacia el pebetero (y aprendimos que la alegría es el mejor de los efectos ópticos al ver que alcanzaba su objetivo, al tiempo que aprendíamos lo que era un pebetero, claro). Que los años siguientes otra crisis, que ahora sabemos que no era la última ni la más sangrienta, arrastrara al país a un pozo del que más tarde saldríamos escalando los muros que otra vez se derrumban, no pudo ni puede, ni por un momento, hacer que no nos sintiéramos entusiastas con aquella celebración, y desde entonces miramos a todas las ciudades olímpicas con una mezcla de envidia y superioridad, tratando de descubrir qué hacen mejor o en qué no son capaces aún de superarnos. Así somos, porque de cómo éramos casi ninguno somos capaces de acordarnos.

 

De aquello hace veinte años, y su recuerdo alegre no ha impedido el que estos días recordemos (imposible celebrar nada), lo que nos han traído a la memoria, en Ermua y en otras ciudades, actos diversos en homenaje a Miguel Ángel Blanco, el concejal cuyo secuestro tuvo en vilo al país durante dos interminables días de julio hace ya quince años, y cuyo asesinato provocó un rechazo mayoritario de la sociedad española que tal vez marcó un antes y un después en el camino del fin del terrorismo. Cualquier recuerdo es merecido cuando la muerte te sorprende de la manera más injusta en tu camino, si es que puede usarse el “más” en compañía de palabras como injusticia o muerte.

 

Recuerdo que era sábado, un sábado caluroso como lo son en julio y en el sur, y a una hora temprana de la tarde, somnoliento aún en el camino de ida o vuelta de la siesta, la noticia del asesinato sonó en la televisión al mismo tiempo que el timbre del teléfono: una voz familiar, la de mi quinto “hermano”, anunciaba que en una ciudad no muy lejana a Ermua, un poco más al sur, había fallecido de muerte natural una persona muy querida. Mientras los telediarios y las calles empezaban a llenarse de manos blancas pidiendo una clemencia imposible a quienes no conocen el significado de tal palabra, unos pocos nos quedábamos en casa pensando en por qué el mundo no se para cuando lo abandonan sin remedio las personas a las que más queremos. Por eso usted y usted y usted, que leen esta columna, saben que los aniversarios colectivos suelen provocar lágrimas individuales, y de la misma manera que Miguel Ángel Blanco se convirtió en un símbolo, sus recuerdos y los míos tienen nombres anónimos que se convirtieron hace ya quince años en un dulce dolor. (In memoriam MTB.)

(c) Javier Bozalongo

(Publicado en Diario Ideal de Granada el 31 de julio de 2012)

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Poesía ante la incertidumbre

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     Desde el mismo momento en que Poesía ante la incertidumbre apareció en las librerías; o incluso antes, desde que se supo o se rumoreó aquí y allá que tal antología iba a ser publicada y empezaron  a circular por el ancho y a la vez pequeño mundo de internet partes del prólogo del libro, el eco de estas palabras no ha hecho más que amplificarse, alimentando una polémica que no es nueva en la poesía y que es buena si se sabe digerir. Ocho poetas: Alí Calderón, Andrea Cote, Jorge Galán, Raquel Lanseros, Daniel Rodríguez Moya, Francisco Ruiz Udiel, Fernando Valverde y Ana Wajsczuk; procedentes de seis países de habla hispana: México, Colombia, El Salvador, España, Nicaragua y Argentina, forman el núcleo inicial de estos “nuevos poetas en español”, tal como reza el subtítulo de la antología, y a ellos se han sumado en sucesivas ediciones poetas de Perú, Argentina, Chile y nuevamente Colombia, ampliando el grupo y aumentando las ediciones sucesivas del libro en todos los países de origen de los participantes. La primera evidencia, por tanto, es la repercusión que “la incertidumbre” está teniendo allí donde aparece, y el seguimiento que los firmantes del manifiesto “Defensa de la poesía” están teniendo allí por donde pasan. Basta echar un vistazo a la red, teclear en un buscador -entrecomillado- “poesía ante la incertidumbre”, y disponerse a leer páginas y páginas a favor o en contra de esta antología que, como ya se ha dicho, ha resultado tan polémica como necesaria. 

 

     Polémica porque muchos han querido entender que estaba hecha en contra de alguien y no, como el título del manifiesto indica claramente “en defensa de la poesía”. Toda antología es por su propia naturaleza excluyente, y el antólogo, cuando lo hay, elige, selecciona, incluye y excluye según un criterio propio, necesariamente subjetivo, quién está y quién no está en función del propósito de la selección, que puede ser generacional, temático o muchas cosas más. Esto es así siempre, pero ese “quién está y quién no está” no implica de manera unívoca el “quién es y quién no es”, sino que responde en ese momento preciso de selección a una determinación tomada por quien elige, que solo creyéndose algo más que un antólogo podría creerse también que su elección es la única posible. Que se alcen en contra de cualquier antología los que no están en ella ha sucedido desde que este artefacto literario empezó a popularizarse, y con razón o sin ella, quienes se sientan excluidos tienen todo el derecho a quejarse, aunque no por ello vayan a obtener asiento en el siguiente viaje. 

 

     Necesaria porque Poesía ante la incertidumbre reúne a ocho poetas de seis países, a los que se han sumado cuatro más en las posteriores ediciones de Perú, Chile y Argentina, pero eso no significa que no pudieran ser muchos más los autores incluidos en las sucesivas ediciones, dispuestos a asumir los presupuestos del prólogo y enmarcados en una estética cercana al núcleo inicial del proyecto, a la que se ha tildado de continuista, de repetitiva, de heredera directa de la poesía de la experiencia -como si esta herencia no la quisieran muchos para sí-, sin considerar en muchas de estas críticas que los autores aquí presentes parten de unos presupuestos que los unen, evidentemente, pero que desarrollan en su obra de manera clara voces perfectamente distinguibles unas de otras, lo que da a la antología su verdadero valor, que no es otro que abrir la ventana al conocimiento de -como dice el propio título- nuevos poetas en español. Nuevos aunque algunos de ellos hayan publicado varios libros, que en el caso de los americanos han tenido hasta el momento escasa presencia en las librerías españolas, salvo los que han publicado en España; nuevos porque a pesar de la tradición que defienden con ahínco son poetas jóvenes que hablan con un lenguaje joven de las preocupaciones de la gente de su edad: a los veinte o a los treinta, o a los treinta y tantos ¿quién va a marcar ahora la frontera de la juventud? Tal vez sea hora de plantearse de nuevo los parámetros entre las distintas edades y olvidarse de la división establecida cuando la esperanza de vida era mucho más corta y alguien a los cincuenta era considerado casi un anciano; mucho más si se pretende esgrimir tal argumento como arma arrojadiza contra la coherencia de lo publicado; y muchísimo más si se pretende descalificar como nuevo poeta joven a un autor de treinta y tres años, trágicamente fallecido. 

 

     Uno de los argumentos más contestados del prólogo ha sido el que reivindica la claridad del lenguaje como instrumento necesario para hacer que la poesía llegue al mayor número de lectores posible, frente a los que reivindican la yuxtaposición de palabras como reto intelectual para los lectores, aunque el mecanismo se desbarate al segundo vistazo una vez comprobado que carece de contenido alguno. No se trata, una vez más, de distinguir entre difícil o fácil, porque el arte nunca lo es, sino de llegar al lector a través de la emoción, de conseguir comunicar con él a través del lenguaje, que es lo único que nos pertenece siempre, desde la infancia hasta la muerte, y que a pesar de la manipulación que sufre cada día, del vacío de contenido en la comunicación que muchos quieren convertir en predominante, es de verdad el arma más poderosa con la que contamos (“Tristes armas si no son las palabras” M. Hernández). 

 

    Poesía ante la incertidumbre reivindica como suyos autores de distintas épocas que van de Ramón López Velarde a Joan Margarit, de Octavio Paz a Lorca o a Cernuda y muchos más. ¿Quién no suscribiría esta lista de adhesiones? ¿Quién, que de verdad disfrute de la verdadera poesía, no ha leído sus libros más o menos veces? Defenderse por defender a Luis García Montero es sencillamente innecesario. La verdadera poesía no necesita defensa, igual que uno siente, al ser abrazado, si los brazos que lo acogen lo hacen con sentimientos ciertos o con intenciones retorcidas. Podemos dudar, es humano hacerlo y solo los inteligentes dudan -incluso al afirmar que solo los inteligentes dudan- y por eso, ante la incertidumbre, nos queda la poesía. “En la palabra auténtica, más que comunicación, hay «comunión» entre quienes la escuchan y entienden”, dice María Zambrano, que atribuye a la poesía la capacidad de respuesta a las preguntas que la filosofía nos plantea. 

     

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Más poesía, por favor

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Cuando la primavera está a punto de hundirse en un profundo mar lleno de dudas en el que las únicas certezas parecen ser mentira, llega Almudena Grandes y contagia a casi mil personas la alegría de escribir, sin perder de vista la memoria que nos debe dar luz para seguir, para conseguir ser por fin felices y libres. Cuando en los estrados solo reinan discursos de estratega cuya única motivación es satisfacer deseos personales y vanidades diversas, llega Benjamín Prado y por pura lógica nos dice que “el hipócrita corre en dirección contraria a lo que dice” y nos anima a “buscar en los libros de otros lo que no ha dicho nadie”. Cuando las contradicciones de Occidente no frenan a los dictadores y su sed de violencia y poder desmesurado, llega Adonis desde Siria y en voz baja, casi susurrando, manifiesta un deseo que bien pudiera ser una oración el día en que las religiones dejen de hacer política: “Quizá despierte la tierra un día sin dueño / ni tutela. /Felicidad de la transgresión, / si la felicidad existiera.”, mientras luce en la solapa una ramita de romero recogida en los lugares tristemente lorquianos de Alfacar.

 

Mientras algo que dieron en llamar mercado nos empuja hacia lugares nuevos que no parecen mejores por desconocidos, llega desde México Mario Bojórquez y nos alienta a levantarnos, no en armas sino en palabras, porque “ Nadie hubiera creído que tu ruina / Sería tu salvación”, y pasea por La Alhambra su voz Roxana Méndez, sin temer al futuro que el idioma provee para su juventud en un país violento como pocos, El Salvador, desde donde “Me pregunto constantemente / si dentro de unos años / lo habré olvidado todo”. Y desde Italia llega la voz siempre templada de Alberto Bertoni que ve como los poetas “infunden caos, humor, / y una música remota / a sus palabras”.

 

En una semana en la que todos pelean por las cifras: las terribles del paro, las de los votos que deben ser contados una vez más, las de los agujeros negros por los que parecen haberse despeñado los años de riqueza fingida; las cifras de los libros que no llegan a venderse, de los comercios que cierran con ese ruido triste de las persianas que no se levantarán a la mañana siguiente; en una semana así solo es posible sentirse algo mejor al escuchar en la voz de su hijo las palabras de Fina García Marruz, que conserva el recuerdo de Margarita Xirgu en La Habana cuando la poeta tenía apenas doce años; solo es posible sentir un poco de esperanza cuando Federico Díaz Granados dice que “La poesía / convierte el silencio en asombro, /en sinfonía tocada en piano por el fuego”. Porque puede ser cierto, como dice irónicamente Piedad Bonnett que “Las madrugadas /de aquellos que nunca tienen sueños /son limpias, como calles lavadas en la noche”, pero ella y sus lectores sabemos que quien carece de sueños se queda sin futuro, y por eso es necesario que Mark Strand nos diga que lo mejor del deseo no es el deseo en sí, sino las ganas de que no acabe: “Esto, dijo el hombre, este no querer que termine nunca”, porque recuperar lo que acabó no suele ser tarea fácil, y tiene -como leyó Eduardo Langagne- consecuencias: “El recuerdo es una huella complicada. / Se persigue en círculos. /Enloquece como un hombre en llamas”. Y solo los malos recuerdos deben arder en un fuego infinito, mientras los recuerdos que de verdad importan deben estar protegidos por un círculo de fuego que impida a los demás borrarlos. Y a los que alimentan esas llamas los llamamos poetas, y habría que inventarlos si no existieran ya, y aunque su decir alto los condene al infierno, qué bueno que vinieron.

 

Qué bueno que llegaron a esta Granada que después de la poesía tuvo justicia poética y cumplió el sueño de otros muchos gracias al jugador número 12. Y los demás, disparan.

 

(c) Javier Bozalongo

(Publicado en Diario Ideal, de Granada, el 17 de mayo de 2012)

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