Poesía ante la incertidumbre

 

 

 

     Desde el mismo momento en que Poesía ante la incertidumbre apareció en las librerías; o incluso antes, desde que se supo o se rumoreó aquí y allá que tal antología iba a ser publicada y empezaron  a circular por el ancho y a la vez pequeño mundo de internet partes del prólogo del libro, el eco de estas palabras no ha hecho más que amplificarse, alimentando una polémica que no es nueva en la poesía y que es buena si se sabe digerir. Ocho poetas: Alí Calderón, Andrea Cote, Jorge Galán, Raquel Lanseros, Daniel Rodríguez Moya, Francisco Ruiz Udiel, Fernando Valverde y Ana Wajsczuk; procedentes de seis países de habla hispana: México, Colombia, El Salvador, España, Nicaragua y Argentina, forman el núcleo inicial de estos “nuevos poetas en español”, tal como reza el subtítulo de la antología, y a ellos se han sumado en sucesivas ediciones poetas de Perú, Argentina, Chile y nuevamente Colombia, ampliando el grupo y aumentando las ediciones sucesivas del libro en todos los países de origen de los participantes. La primera evidencia, por tanto, es la repercusión que “la incertidumbre” está teniendo allí donde aparece, y el seguimiento que los firmantes del manifiesto “Defensa de la poesía” están teniendo allí por donde pasan. Basta echar un vistazo a la red, teclear en un buscador -entrecomillado- “poesía ante la incertidumbre”, y disponerse a leer páginas y páginas a favor o en contra de esta antología que, como ya se ha dicho, ha resultado tan polémica como necesaria. 

 

     Polémica porque muchos han querido entender que estaba hecha en contra de alguien y no, como el título del manifiesto indica claramente “en defensa de la poesía”. Toda antología es por su propia naturaleza excluyente, y el antólogo, cuando lo hay, elige, selecciona, incluye y excluye según un criterio propio, necesariamente subjetivo, quién está y quién no está en función del propósito de la selección, que puede ser generacional, temático o muchas cosas más. Esto es así siempre, pero ese “quién está y quién no está” no implica de manera unívoca el “quién es y quién no es”, sino que responde en ese momento preciso de selección a una determinación tomada por quien elige, que solo creyéndose algo más que un antólogo podría creerse también que su elección es la única posible. Que se alcen en contra de cualquier antología los que no están en ella ha sucedido desde que este artefacto literario empezó a popularizarse, y con razón o sin ella, quienes se sientan excluidos tienen todo el derecho a quejarse, aunque no por ello vayan a obtener asiento en el siguiente viaje. 

 

     Necesaria porque Poesía ante la incertidumbre reúne a ocho poetas de seis países, a los que se han sumado cuatro más en las posteriores ediciones de Perú, Chile y Argentina, pero eso no significa que no pudieran ser muchos más los autores incluidos en las sucesivas ediciones, dispuestos a asumir los presupuestos del prólogo y enmarcados en una estética cercana al núcleo inicial del proyecto, a la que se ha tildado de continuista, de repetitiva, de heredera directa de la poesía de la experiencia -como si esta herencia no la quisieran muchos para sí-, sin considerar en muchas de estas críticas que los autores aquí presentes parten de unos presupuestos que los unen, evidentemente, pero que desarrollan en su obra de manera clara voces perfectamente distinguibles unas de otras, lo que da a la antología su verdadero valor, que no es otro que abrir la ventana al conocimiento de -como dice el propio título- nuevos poetas en español. Nuevos aunque algunos de ellos hayan publicado varios libros, que en el caso de los americanos han tenido hasta el momento escasa presencia en las librerías españolas, salvo los que han publicado en España; nuevos porque a pesar de la tradición que defienden con ahínco son poetas jóvenes que hablan con un lenguaje joven de las preocupaciones de la gente de su edad: a los veinte o a los treinta, o a los treinta y tantos ¿quién va a marcar ahora la frontera de la juventud? Tal vez sea hora de plantearse de nuevo los parámetros entre las distintas edades y olvidarse de la división establecida cuando la esperanza de vida era mucho más corta y alguien a los cincuenta era considerado casi un anciano; mucho más si se pretende esgrimir tal argumento como arma arrojadiza contra la coherencia de lo publicado; y muchísimo más si se pretende descalificar como nuevo poeta joven a un autor de treinta y tres años, trágicamente fallecido. 

 

     Uno de los argumentos más contestados del prólogo ha sido el que reivindica la claridad del lenguaje como instrumento necesario para hacer que la poesía llegue al mayor número de lectores posible, frente a los que reivindican la yuxtaposición de palabras como reto intelectual para los lectores, aunque el mecanismo se desbarate al segundo vistazo una vez comprobado que carece de contenido alguno. No se trata, una vez más, de distinguir entre difícil o fácil, porque el arte nunca lo es, sino de llegar al lector a través de la emoción, de conseguir comunicar con él a través del lenguaje, que es lo único que nos pertenece siempre, desde la infancia hasta la muerte, y que a pesar de la manipulación que sufre cada día, del vacío de contenido en la comunicación que muchos quieren convertir en predominante, es de verdad el arma más poderosa con la que contamos (“Tristes armas si no son las palabras” M. Hernández). 

 

    Poesía ante la incertidumbre reivindica como suyos autores de distintas épocas que van de Ramón López Velarde a Joan Margarit, de Octavio Paz a Lorca o a Cernuda y muchos más. ¿Quién no suscribiría esta lista de adhesiones? ¿Quién, que de verdad disfrute de la verdadera poesía, no ha leído sus libros más o menos veces? Defenderse por defender a Luis García Montero es sencillamente innecesario. La verdadera poesía no necesita defensa, igual que uno siente, al ser abrazado, si los brazos que lo acogen lo hacen con sentimientos ciertos o con intenciones retorcidas. Podemos dudar, es humano hacerlo y solo los inteligentes dudan -incluso al afirmar que solo los inteligentes dudan- y por eso, ante la incertidumbre, nos queda la poesía. “En la palabra auténtica, más que comunicación, hay «comunión» entre quienes la escuchan y entienden”, dice María Zambrano, que atribuye a la poesía la capacidad de respuesta a las preguntas que la filosofía nos plantea. 

     

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