Más poesía, por favor

Cuando la primavera está a punto de hundirse en un profundo mar lleno de dudas en el que las únicas certezas parecen ser mentira, llega Almudena Grandes y contagia a casi mil personas la alegría de escribir, sin perder de vista la memoria que nos debe dar luz para seguir, para conseguir ser por fin felices y libres. Cuando en los estrados solo reinan discursos de estratega cuya única motivación es satisfacer deseos personales y vanidades diversas, llega Benjamín Prado y por pura lógica nos dice que “el hipócrita corre en dirección contraria a lo que dice” y nos anima a “buscar en los libros de otros lo que no ha dicho nadie”. Cuando las contradicciones de Occidente no frenan a los dictadores y su sed de violencia y poder desmesurado, llega Adonis desde Siria y en voz baja, casi susurrando, manifiesta un deseo que bien pudiera ser una oración el día en que las religiones dejen de hacer política: “Quizá despierte la tierra un día sin dueño / ni tutela. /Felicidad de la transgresión, / si la felicidad existiera.”, mientras luce en la solapa una ramita de romero recogida en los lugares tristemente lorquianos de Alfacar.

 

Mientras algo que dieron en llamar mercado nos empuja hacia lugares nuevos que no parecen mejores por desconocidos, llega desde México Mario Bojórquez y nos alienta a levantarnos, no en armas sino en palabras, porque “ Nadie hubiera creído que tu ruina / Sería tu salvación”, y pasea por La Alhambra su voz Roxana Méndez, sin temer al futuro que el idioma provee para su juventud en un país violento como pocos, El Salvador, desde donde “Me pregunto constantemente / si dentro de unos años / lo habré olvidado todo”. Y desde Italia llega la voz siempre templada de Alberto Bertoni que ve como los poetas “infunden caos, humor, / y una música remota / a sus palabras”.

 

En una semana en la que todos pelean por las cifras: las terribles del paro, las de los votos que deben ser contados una vez más, las de los agujeros negros por los que parecen haberse despeñado los años de riqueza fingida; las cifras de los libros que no llegan a venderse, de los comercios que cierran con ese ruido triste de las persianas que no se levantarán a la mañana siguiente; en una semana así solo es posible sentirse algo mejor al escuchar en la voz de su hijo las palabras de Fina García Marruz, que conserva el recuerdo de Margarita Xirgu en La Habana cuando la poeta tenía apenas doce años; solo es posible sentir un poco de esperanza cuando Federico Díaz Granados dice que “La poesía / convierte el silencio en asombro, /en sinfonía tocada en piano por el fuego”. Porque puede ser cierto, como dice irónicamente Piedad Bonnett que “Las madrugadas /de aquellos que nunca tienen sueños /son limpias, como calles lavadas en la noche”, pero ella y sus lectores sabemos que quien carece de sueños se queda sin futuro, y por eso es necesario que Mark Strand nos diga que lo mejor del deseo no es el deseo en sí, sino las ganas de que no acabe: “Esto, dijo el hombre, este no querer que termine nunca”, porque recuperar lo que acabó no suele ser tarea fácil, y tiene -como leyó Eduardo Langagne- consecuencias: “El recuerdo es una huella complicada. / Se persigue en círculos. /Enloquece como un hombre en llamas”. Y solo los malos recuerdos deben arder en un fuego infinito, mientras los recuerdos que de verdad importan deben estar protegidos por un círculo de fuego que impida a los demás borrarlos. Y a los que alimentan esas llamas los llamamos poetas, y habría que inventarlos si no existieran ya, y aunque su decir alto los condene al infierno, qué bueno que vinieron.

 

Qué bueno que llegaron a esta Granada que después de la poesía tuvo justicia poética y cumplió el sueño de otros muchos gracias al jugador número 12. Y los demás, disparan.

 

(c) Javier Bozalongo

(Publicado en Diario Ideal, de Granada, el 17 de mayo de 2012)

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