Poemas

Tarragona

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En la ciudad sin puertas
las ruinas de mi infancia
nunca fueron romanas.
En el anfiteatro
de mis jóvenes años
las piedras saben más
de lo que yo recuerdo.
Subir a tocar ferro
fue después la rutina
que animaba las tardes
al terminar las clases:
era la eucaristía
que juntos celebrábamos
los miembros de distintas religiones.
Un solo dios: el mar,
al que adorar en lenguas diferentes
mientras el sol, aliado con la piedra,
daba cuerda al reloj
que adelantaba el tiempo de marcharse.


De Hasta llegar aquí

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Poética

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Porque apenas recuerdo
la vida no vivida
voy dejándola escrita
en unos cuantos versos.

De Viaje improbable

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Con otra luz

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Poemas: Javier Bozalongo
Fotografías: Joaquín Puga

 

I.

Mira a través del objetivo
para verte a ti mismo:
espejo sin azogue,
miradas infinitas.

 

     II.

Cada cubo contiene
no sólo lo que miras,
sino lo que tus ojos
son capaces de ver:
no la ausencia de luz
sino la luz del alma.


     III.

Una mirada ardiente
puede ser el inicio
de un fuego irremediable.
No protejas tus ojos:
¡Deja que arda la vida!


     IV.

No intentes bautizar
a cada personaje;
si te mira, es porque tú lo miras,
si lo nombras se convierte en reflejo.


     V.

¿Quién está más desnudo?
¿Quien se quita la ropa
exponiéndose al calor de los focos,
o quien se asoma al fondo
y tan sólo ve piel?


     VI.

Quien de su vanidad
espera recompensa
se cansa de mirar.
Quien mira limpiamente
termina reflejado
en la luz de otros ojos.

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Carta a un lector

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Se tarda aproximadamente
veintisiete minutos,
si tienes la vista acostumbrada,
en terminar un libro de unas sesenta páginas.

El índice no cuenta, ni las dedicatorias,
ni las hojas que nombran cada parte
ni las números pares que a veces van en blanco.

Ya ves lo que te queda: en cuatrocientos versos
ha dejado en tus manos su vida este poeta.

No te pido que te muestres amable
o seas indulgente,
no te quiero entregado
ni cómplice ni falso.

Sólo quiero contigo volver a andar lo andado.

De La casa a oscuras

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Autorretrato

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Los hay que viven sin contar los días
y se les vuelve el tiempo
felicidad sin prisa.

Los hay también pendientes del reloj
y se vuelven del tiempo
feroces enemigos.

Los conozco gratuitos, pusilánimes
que simplemente están.
Ni son. Ni lo parecen.

De La casa a oscuras

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